Una historia real acerca de errores financieros, confianza y decisiones compartidas en pareja.
Roberto y Ana eran un matrimonio joven con grandes sueños. Él, administrador de empresas, se había encontrado con lo que llamaba “el negocio de su vida”. Ana se mostraba más cautelosa. Algo no le gustaba.
Roberto la ignoró y decidió invertir sus ahorros en ese “gran” negocio.
Al principio, todo iba muy bien. Las ganancias llegaban, los elogios también y las advertencias de Ana se fueron silenciando con los balances positivos.
Ana lo vio y Roberto no
Cuatro meses después, aparecieron las alarmas: movimientos extraños en las cuentas yrumores de colaboradores poco confiables. Entonces, un cliente le probó a Roberto que su socio estaba estafando a otros en nombre de la empresa.
Roberto asumió su responsabilidad. Visitó a todos los afectados y devolvió cada centavo. Limpió su nombre, pero su cuenta bancaria quedó vacía. Tardó siete años en recuperarse.
“Si tan solo hubiera escuchado a Ana…”, dice hoy con serenidad.
Aunque esta historia parece solo de dinero, también tiene un profundo aprendizaje de sabiduría emocional y trabajo en equipo. En la vida financiera familiar, las decisiones deben ser compartidas. No se trata de quién sabe más de números, sino de quién ve lo que el otro no puede ver.
Mi consejo: antes de invertir o endeudarte, conversa, escucha y evalúa. Las mejores decisiones nacen de dos personas que se consultan con amor y sensatez.
